Refugio
Aún no había amanecido cuando ante sus ojos comenzó a
perfilarse una hendidura a contraluz. Los pies se trababan con las piedras sueltas
de un sendero que apareció sinuoso a la vista, primero tenuemente, casi
insinuando los bordes, hasta manifestarse por completo al frio gris del
amanecer.
Su andar era lento pero ansioso; e
Un rio descendía como un hilo de luz entre estas montañas. Lleno de afluentes, conformaba un entramado refulgente como la sangre de plata que alimenta el cuerpo de un antiguo gigante de roca.
La pradera que adornaba sus lindes reverdecía como si la vida se desgajase a borbotones de cada uno de sus poros microscópicos. Los ojos del mundo se maravillarían al sentirse espectadores del nacimiento de un concepto. En ese momento, todos los universos revivirían este instante cada vez el color verde se quisiera transformar en idea dentro del intelecto joven de algún ser consciente.
Había árboles: antiguos robles otoñales, almendros floridos de abril, cerezos cargados de fruta madura y un olivo solitario de solsticio de invierno. Los campos que adornaban la lomas olían desde allí a romero, tomillo y jara, a lavanda; y a las zarzamoras repletas que se atisbaban por entre los enormes canchos de granito.
Sobrevolaban por el valle las primeras águilas, camuflándose entre los riscos. Mas cerca, cantaban los jilgueros, los petirrojos y los mirlos. Había huellas de grandes mamíferos, manadas de caballos salvajes y lobos; pero también de algunos pequeños, entre las hojas caídas del robledal: garduños y gatos monteses.
El gris de acero de la cordillera se imponía a los ojos, iluminado por las primeras nieves del año, y la cabaña del valle no llamaba la atención por entre las faldas de la montaña más cercana. Un sentimiento de familiaridad hacía que pasara ante tus ojos sin detenerlos, como si era construcción hubiera nacido tal y como nacen las formaciones rocosas, o la nudosidad de un árbol centenario. Esa recia cabaña, de maderas oscurecidas por la lluvia y el viento, era tan antigua como el valle mismo, era una parte intrínseca de su nacimiento. Era el cuestionamiento mismo de la existencia y el tiempo.
El valle era generoso por naturaleza, era pacífico, inmutable ante las inclemencias del tiempo más voraz, pero cambiante y adaptable ante las imperceptibles brisas de lo eterno.
Dentro de la mochila, este ser, hecho de una sustancia echa de
retazos de sí misma, llevaba un libro de tapas rojas. Un rojo vivo, ajado,
maltratado pero brillante, rojo sangre, rojo amapola, vino o fuego. El rojo en
el que piensas cuando una idea cobra vida dentro del intelecto joven de algún
ser consciente, revivida a cada instante en todos los universos.
Era un libro extraño, lleno de historias cambiantes que solo se revelaban a ojos oportunos. Era un libro fluyente, en el que fluctuaban las páginas, creían unas, se caían otras. A veces cambiaba la caligrafía, otras se emborronaban capítulos enteros por gotas de lluvia ligera.
Ese libro tenía un lugar especial en la cabaña.
Había un rincón recóndito desde el que se veía el amanecer, el atardecer y el rio; a veces te enseñaba una madriguera de conejos, otras podías ver a los caballos pastar. Cuando hacía frío sentías en el rostro las cálidas llamas de la chimenea, y en verano podías zambullir los pies en un manantial de aguas cristalinas con rayos de sol. Este lugar nunca era lo que había sido cualquier vez anterior. Pero, aún sí, había un espacio perenne. En ese lugar se colocaba el libro rojo.
Unas manos colocaron el libro en el sitio donde, en realidad, nunca había dejado de estar. El ser remedado solo era un recuerdo de algo que existió, que existía y que existirá. Era un futurible deseo, un ser de sueños que recordaba el presente de muchas historias. Era la mano que recordaba dónde nació, nacía y nacerá el valle, donde siempre estuvo, está, estará el libro rojo.
Los universos saben que
acaba de emerger, pero eso a nadie le importa.




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