Olvido Imperturbable


El tiempo se sucede como si pretendiera escapar de las ajadas vías, mezcolanza de maderas y metales, que modifican el timbre y el tono de los raíles; y un ruido incesante y estrepitoso acompaña el traqueteo errático del ferrocarril.

Las nubes sobrevuelan en dirección contraria a nuestro rumbo y parece que se dirigen con prisa al calor del sol, para transformarse lejos de la podredumbre del clima urbano.

Los campos, sin embargo, permanecen; un entrañable verdor que reverdece por imposición, pero, alegre hallazgo, acoge de nuevo la vida, alborozado. Los chotos corretean a nuestro paso, no se sabe si juegan o huyen, pero denotan vida radiante, prematuros seres, llenos de energía e inocencia.


Al fondo, las montañas acompañan nuestro paso renqueante, impasibles. Un camino efímero que se desarrolla lejos de sus escarpadas faldas, pero de apariencia suave y homogénea; visión tergiversada de su rocosa composición.


Pasamos por parvos pueblos, casuchas solariegas, edificios en ruinas que, declarándose obsoletos, se revelan contra la obsolescencia. Humanos, aves, pequeños animales y exuberante vegetación han convertido las paredes a cielo abierto en un inusitado hogar. El abandono tiene un encanto peculiar en estas tierras labradas a sudor lento, bajo el mango de la hoz, el martillo y la siega.


Por su puesto, queda poco de la tradición y la costumbre. La urdimbre temporal ha impuesto su designio, y, como un anciano cansado de vivir, anuncia su final como quien espera impaciente deshacerse de un cuerpo condicionado y dependiente.


Según va oscureciendo, los cristales te devuelven la mirada, distorsionada y difusa. El paisaje como distracción va desapareciendo, y te obliga a mirar entorno, al vagón; abarrotado por obstinada afluencia irrevocable.


Dentro del tren hay un olor metálico, que deja un ligero regusto en el paladar, como un reflejo gustativo del sonido ferroso del raíl. El ruido te mece, como una tormenta mece a una pequeña balsa amarrada en el muelle. El olor actúa como narcótico, y te revuelve el estómago mientras obnubila todos los demás sentidos.


Los últimos retazos cerúleos desaparecen. Por un instante, un rosa despuntante refulge entre las últimas nubes lóbregas que ocultan el horizonte. El rosa fugaz se torna en naranja desvaído que disuelve en el índigo ocaso.


El destino se acerca. Este momento de quietud obligada se diluye en el presente, desdeñado. La vida, como bocanada de aire contenido, se libera de su comedida tregua, y prosigue.


Atardecer, 17 de febrero de 2020.


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